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19-09-2008 Cultura
El ministro de Cultura, César Antonio Molina, ha entregado hoy el Premio Nacional de Cinematografía 2008 a Javier Bardem. El jurado que se lo concedió el pasado 18 de junio quiso reconocer las metas profesionales alcanzadas por el actor a lo largo de su ya dilatada carrera, especialmente en el año 2007, así como su defensa de la profesión y el compromiso constante con el cine español dentro y fuera de nuestras fronteras. El galardón está dotado con 30.000 euros,
Durante el acto, que se ha celebrado en el marco del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, César Antonio Molina ha destacado el talento pero, sobre todo, la preparación de Javier Bardem “un ejemplo, como muchos otros actores de su generación, de que la interpretación no es un fenómeno casual, que sólo dependa de la valía intuitiva de una persona”. Para el ministro de Cultura, Bardem aporta “esa imagen del actor moderno que basa su labor en el estudio y el detenido análisis físico y anímico de sus personajes, imagen en la que convergen muchos otros de sus compañeros”
El ministro ha tenido también palabras de recuerdo para los Bardem, toda una familia dedicada al mundo del espectáculo y donde están las raíces “de un ser humano y un profesional de la máxima valía al que hoy todos nosotros rendimos homenaje”, concluyó César Antonio Molina.
Palabras del ministro de Cultura
Señoras y señores:
Detrás de todo gran actor, hay un misterio. El misterio de la interpretación, de la capacidad de dar vida a personajes muy dispares, de comunicar sus sentimientos y emociones, a quienes contemplamos desde nuestras butacas. El actor se aleja de sí mismo para transfigurarse en otro, enajena su personalidad en busca de aquel a quien encarna hasta dotarle de unos rasgos específicos e inconfundibles, tanto en su interior como en su exterior. Pero siempre queda un resquicio, un espacio casi indefinible donde el actor, el gran actor, sigue siendo él mismo, sin por ello anular o traicionar a su personaje.
A esa estirpe de grandes actores pertenece Javier Bardem, al que acabamos de entregar el Premio Nacional de Cinematografía correspondiente a 2007 en este marco del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Porque, ¿cuál podría ser el hilo conductor entre los personajes un tanto primitivos o fascinados por el éxito de Jamón, jamón o Huevos de oro, el “yonkee” de Días contados, el Romeo Dolorosa de Perdita Durango, el Reynaldo Arenas de Antes que anochezca, el Ramón Sampedro de Mar adentro, el Anton Chigurh de No es país para viejos o ese seductor artista de Vicky Cristina Barcelona? La respuesta, como ante otros muchos personajes de su ya dilatada carrera, es evidentemente el nombre de Javier Bardem.
Gracias a él, a su talento y preparación, seres reales o de ficción toman cuerpo, respiran y se hacen visibles, porque tienen “dentro” a alguien que les entiende y trasciende, les dota de la inteligencia y sensibilidad precisas para que los comprendamos en toda su dimensión. Siempre en compañía de unos directores, de entre los mejores españoles y de fuera de nuestro país, con los que ha colaborado de forma tan intensa como positiva.
Permítanme que insista en un concepto que acabo de citar: el de la preparación. Javier Bardem es un ejemplo, como muchos otros actores de su generación, de que la interpretación no es un fenómeno casual, que sólo dependa de la valía intuitiva de una persona. Ser actor supone un duro trabajo, que nace del rigor y del entrenamiento, de prepararse a fondo los personajes en sus múltiples vertientes para llegar al objetivo buscado de transformarse en ellos y hacerlos creíbles a ojos del público.
Sin desdeñar en absoluto lo que de innato haya en esta capacidad de recreación, que ha dado tantos nombres de gloria al cine y al teatro españoles, y que también personifica alguien que es “nieto e hijo de cómicos” (como él se complace en subrayar), Javier Bardem nos aporta esa imagen del actor moderno que basa su labor en el estudio y el detenido análisis físico y anímico de sus personajes, imagen en la que convergen muchos otros de sus compañeros.
Quizá por ello, en sus declaraciones tras conocer de mis labios la noticia de que este Premio Nacional de Cinematografía le correspondía, manifestó que lo aceptaba “no como un reconocimiento a mi persona, sino a toda una profesión a la que amo e intento defender, día a día, a través del trabajo”. Eso dijo. Palabras similares a las que pronunció la noche de los Oscar, o cuando recibió el premio Bafta británico o el Especial de la Unión de Actores o cuantos le han concedido este año con toda justicia. Siempre ha querido elevar Javier Bardem lo particular a lo general, considerándose parte de un colectivo profesional en el que, desde su individualidad, se ve integrado.
Contrariamente a la frase de un antiguo gobernante extranjero, Javier Bardem no se siente “orgullosamente solo”, sino todo lo contrario, “orgullosamente acompañado”. Quizá de ahí provenga que sea tan querido no sólo por sus compañeros de profesión, sino también por cuantos, desde muy distintos ámbitos, se dedican a las tareas cinematográficas. Y, en general, más allá de absurdos prejuicios de algunos, por toda la sociedad española, lo mismo que admirado por el público internacional. Baste con recordar aquella frase de Francis Ford Coppola, quien, tras estimarle “el actor más valiente del mundo”, le situaba a la altura de Robert De Niro, Al Pacino o Jack Nicholson…
Todos los años significan por sí mismos territorios abonados para los contrastes. El pasado no fue una excepción, y junto a la desaparición (física, nunca artística) de un gigante como Fernando Fernán-Gómez, nos trajo la consagración mundial de Javier Bardem. Tenemos que congratularnos por ello, porque responde a unos merecimientos indudables y porque, en plena juventud, se abre frente a él un porvenir espléndido. Un futuro en el que sabemos que será consecuente con su manera de ser, con su autoexigencia y perfeccionismo, porque –como el propio Bardem ha señalado– “es posible que el éxito te lleve a sitios a los que no quieres ir. Depende de ti seguir hacia adelante o ser fiel a tus raíces”.
Lo va a ser, y pienso ahora en su madre, la querida Pilar que nos acompaña en este mediodía donostiarra; y pienso en sus abuelos, Rafael Bardem y Matilde Muñoz Sampedro; y pienso en su tío, el inolvidable cineasta Juan Antonio Bardem, y pienso en toda una familia dedicada al mundo del espectáculo. Ésas son las raíces a las que Javier seguirá siendo fiel, y por encima de su Oscar, su Globo de Oro, sus dos Copas Volpi de la Mostra de Venecia, su Concha de Plata en este festival de San Sebastián, sus cuatro Goyas o tantos otros galardones que culminan en este Premio Nacional, se halla un ser humano y un profesional de la máxima valía al que hoy todos nosotros rendimos homenaje. Gracias, Javier, y gracias a ustedes por su presencia.
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