|
02-10-2008 Cultura
El ministro de Cultura, César Antonio Molina, ha destacado que es el mayor encuentro internacional en torno a la cultura que ha tenido lugar en Iberoamérica en muchos años
Tras la inauguración, las autoridades se han desplazado hasta la galería central del Centro Nacional de las Artes de México para inaugurar la exposición BUÑUEL. ENTRE DOS MUNDOS
El presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Felipe Calderón y SS.AA.RR los Príncipes de Asturias, han presidido hoy en el Centro nacional de las Artes de México DF, la inauguración del I Congreso de la Cultura Iberoamericana. En el acto han participado el ministro de Cultura, César Antonio Molina; el secretario general iberoamericano, Enrique Iglesias y los cineastas Manoel de Oliveira, Carlos Saura y Arturo Ripstein.
En su intervención, el ministro señaló que la cultura Iberoamericana merecía un foro en el que pudiéramos reflexionar juntos sobre los desafíos y las oportunidades que afectan a una cultura que aglutina a más de 700 millones de personas. Asimismo, el ministro destacó que los Congresos de Cultura nacen, pues, con la misión de reforzar y hacer visible esa identidad cultural propia y devuelven la voz a los verdaderos protagonistas de la cultura: a los creadores, a los autores, y a todos cuantos desde la sociedad civil, se esfuerzan por hacer más ancho el vasto espacio de la imaginación, el arte y la belleza.
Palabras del ministro de Cultura
Es para mí un honor participar en este solemne acto de inauguración del Primer Congreso de la Cultura Iberoamericana, el mayor encuentro internacional en torno a la cultura que ha tenido lugar en Iberoamérica en muchos años. No puedo evitar sentir que el paso que damos hoy juntos constituye uno de esos raros momentos fundadores, en los que aún no pesan las cargas del pasado y el futuro se nos aparece rebosante de promesas. Siempre he pensado que la cultura iberoamericana merecía un gran espacio público para mostrar su riqueza, su creatividad y su inmenso potencial. Un foro en el que pudiéramos reflexionar juntos sobre los desafíos y las oportunidades que afectan a una cultura que aglutina a más de 700 millones de personas.
Una de mis primeras iniciativas como Ministro de Cultura de España fue precisamente proponer a mis colegas iberoamericanos la creación de los Congresos de Cultura Iberoamericana. En seguida recibí el apoyo entusiasta de México y de la Secretaría General Iberoamericana, al que inmediatamente se sumaron el resto de países de nuestra comunidad, en un acuerdo que se plasmó oficialmente en la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno de Santiago de Chile en 2007.
El Congreso que hoy inauguramos —y que estoy seguro no será sino el principio de una gran amistad, por jugar con el célebre diálogo cinematográfico, con las dos ediciones ya convocadas: la de Brasil en 2009 y Colombia en 2010— va a suponer un salto cualitativo en la larga tarea de construcción de nuestra querida Comunidad Iberoamericana. Y es que si hay algo que nos una de verdad, algo que permanentemente nos reconforta y nos hace mantenernos firmes en nuestro empeño, eso es sin duda el sentimiento de que todos los iberoamericanos, como recordaba el director hispano-argentino Octavio Getino, “conforman una región cultural, una diversidad de imágenes, memorias y sueños que les han permitido situarse de manera compartida en el vasto escenario de las restantes culturas regionales y nacionales”.
Los Congresos de Cultura nacen, pues, con la misión de reforzar y hacer visible esa identidad cultural propia, que es a la vez el corazón y el espíritu del gran proyecto de cooperación iberoamericana, exponiendo ante los ciudadanos todo el vigor, la riqueza y la diversidad de nuestra creación artística.
Para ello, los Congresos devolverán la voz a los verdaderos protagonistas de la cultura: a los creadores, a los autores, y a todos cuantos desde la sociedad civil se esfuerzan por hacer más ancho el vasto espacio de la imaginación, el arte y la belleza.
Este I Congreso está dedicado al cine.
Cuando se contempla en perspectiva el cine iberoamericano, se entiende hasta qué punto ha sido decisivo para la historia de la cinematografía mundial, desde el periodo mudo, pasando por la “Edad de Oro” del cine mejicano hasta las nuevas cinematografías latinoamericanas en los años sesenta.
En esos años, de la misma manera que estaba sucediendo en Europa —y de forma todavía más cercana en España y Portugal—, los cineastas ofrecieron una dimensión política y social a las imágenes en que reflejaban la realidad de sus naciones. Es el momento de grandes cineastas como Fernando Birri, Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Tomás Gutiérrez Alea, Miguel Littín, Jorge Sanjinés, Arturo Ripstein, Felipe Cazals, nuestro Carlos Saura y tantos otros que dieron un giro absoluto, tanto en la temática como en el estilo, a lo que el cine de la región venía proporcionando.
En los últimos años las tendencias, los estilos, las líneas creativas se han multiplicado casi hasta el infinito. Felizmente, también se han extendido las producciones por todas las naciones del continente que, en mayor o menor medida, cuentan hoy con cinematografía propia, como queda constancia en este Congreso.
Pero, por encima del tiempo y de las circunstancias, más allá de cualquier tendencia concreta, y quizá pasajera, se halla la obra de dos maestros de nuestras cinematografías. Me refiero a Luis Buñuel y Manoel de Oliviera, el gran cineasta portugués que se sienta con nosotros en esta mesa como máximo ejemplo de una profunda creatividad, que ha logrado que prevalezca en un mundo nada sencillo como es el del cine. Buñuel y Oliveira, Oliveira y Buñuel, suponen dos faros que nunca se apagan ante el mar tantas veces proceloso de las imágenes en movimiento.
Bajo esta guía, nos hemos reunido en Ciudad de México para proclamar, con rotundidad, que creemos en el cine iberoamericano.
Creemos en su potencia artística y definitoria de toda una colectividad a ambos lados del Atlántico. Creemos en su atractivo para muy diferentes públicos, entre ellos el de los jóvenes espectadores. Creemos en su apuesta por ir renovando sus contenidos y por abrirse a ambiciosos planteamientos y perspectivas.
El Congreso aspira a establecer una especie de radiografía sobre la situación global del cine iberoamericano. En ella aparecerá, sin duda, la importancia que, junto a la dimensión artística y creativa, ha de alcanzar como industria cultural. Porque necesitamos que esa industria sea potente para que los autores no sólo puedan expresarse con libertad, sino para que su voz llegue a todos y cada uno de quienes estén interesados en escucharla.
De ahí, de esa consideración del cine como arte e industria, de esa valoración como estética y economía, nace el compromiso de un Congreso en el que todos los países del área tenemos puestas las máximas esperanzas.
No puedo, por último, finalizar mi intervención sin agradecer el excelente trabajo desarrollado por el Consejo Nacional de la Cultura de México, así como el apoyo constante de la Secretaría General Iberoamericana, de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación y de la Cultura y del resto de países de la Comunidad.
Muchas gracias, de verdad, a todos. Estamos seguros de que, gracias a su colaboración, aquí surgirán propuestas, ideas y proyectos que, sin duda, contribuirán a reforzar los lazos entre nuestras respectivas industrias culturales. Ese es el único modo de hacer frente, juntos, al desafío simultáneo que representa la globalización de los mercados y esa será la manera también de cumplir nuestro compromiso con la historia y con el futuro.
Muchas gracias.
Los más leídos de esta sección:
|